Por: Fernando Aristizábal Zuluaga

Hay negocios que se miden por sus ventas, por su tamaño o por la cantidad de personas que emplean, pero hay otros cuyo verdadero valor también se mide por la confianza que han construido durante años con una comunidad.

La tienda de barrio es uno de ellos

El próximo 30 de agosto conmemoramos en Colombia el Día Nacional del Tendero, y para mí es una fecha que invita, sobre todo, a reconocer, reconocer a esas personas que todos los días levantan la puerta de su negocio muy temprano, organizan cada producto, reciben proveedores, hacen cuentas, escuchan a sus clientes y permanecen allí, muchas veces hasta altas horas de la noche, atendiendo a quienes hacen parte de su barrio, porque un tendero no solamente vende productos, el tendero conoce a sus clientes por el nombre, sabe qué compra cada familia, pregunta cómo sigue alguien que estaba enfermo, escucha las historias de quienes llegan a su negocio.

Ahí existe algo que ninguna tecnología puede reemplazar: la cercanía.

Ese “buenos días, vecino”.
Ese “¿cómo amaneció?”.
Ese “llévelo y mañana arreglamos”.

Ese vínculo que se construye todos los días, conversación tras conversación.

Para quienes creemos profundamente en la economía popular, los tenderos representan mucho más que un canal comercial, son empresarios que generan ingresos para sus familias, movilizan proveedores, crean empleo, sostienen dinámicas económicas locales y mantienen vivo el comercio de miles de barrios en Colombia.

Cuando una tienda crece, no crece solamente un negocio; crece una familia; se mueve una cuadra; se fortalece un barrio y poco a poco también se fortalece la economía del país.

Por eso siempre he creído que apoyar a los tenderos no puede significar simplemente llevarles herramientas o tecnología; primero hay que escucharlos, entender cómo funciona realmente su día a día y reconocer los retos que enfrentan.

La transformación comienza cuando la tecnología se adapta a las personas y no cuando esperamos que las personas se adapten a la tecnología.

Desde On Off hemos tenido la oportunidad de caminar junto a miles de comerciantes y conocer de cerca sus historias y cada conversación confirma algo: detrás de cada tienda existe una persona que quiere salir adelante, hacer crecer su negocio y construir un mejor futuro para su familia; nuestra responsabilidad es ayudar a que tengan más oportunidades para hacerlo.

Que puedan tomar mejores decisiones, administrar mejor sus negocios, acceder a nuevas herramientas y aprovechar la tecnología sin perder aquello que los hace únicos: su cercanía con la comunidad, porque el futuro del comercio de barrio no debería significar dejar atrás su esencia, debería significar darle más herramientas para seguir creciendo.

Muchas veces hablamos de las grandes empresas que impulsan el desarrollo del país, pero nunca podemos olvidar que una parte enorme de Colombia también se mueve todos los días detrás del mostrador de una tienda de barrio y ahí también se construye país.

Este 30 de agosto quiero reconocer a cada tendero y comerciante que, desde una esquina, una tienda familiar, un minimercado o un pequeño negocio, abre sus puertas todos los días y sigue creyendo en su trabajo. Gracias por conocer a sus vecinos, gracias por escuchar, gracias por estar, gracias por sostener tantos hogares, gracias por mover la economía popular de Colombia.

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